La “casa de los leyentes” tiene todos los atributos de ejércitos de ignorantes que combaten en la noche. (Matthew Arnold)

domingo, 12 de mayo de 2013

Cerro Viejo, lugar de leyendas y encantamientos


Por Pedro Padilla Luis*

El cerro Viejo, es una montaña ubicada al oriente de Santa Cruz Mixtepec, un viejo pueblo del sur del estado de  Oaxaca, fundado hacia el siglo XVI, aunque tuvo una población nativa mucho más antigua de la que se conservan pinturas rupestres en por lo menos una cueva.

Y así de antiguo, o mucho más, es el llamado Cerro Viejo, cuyo origen relatan algunos pobladores, se remonta a los tiempos del Diluvio Universal.

Según la Biblia, en aquel entonces llovió incesantemente por cuarenta días y cuarenta noches y no quedó lugar alguno que no fuera cubierto por el agua de tal fenómeno.

No sabemos por qué causa el sagrado libro omite que sí hubo un lugar que no pudo ser alcanzado por el agua y ese fue el actual Cerro Viejo.
La razón, se ha venido transmitiendo de generación en generación desde tiempos antiguos, y es muy simple: ese cerro, desde siempre, ha estado habitado por el Diablo y, gracias al poder de este personaje, a medida que el agua subía el cerro crecía y, de esta forma, nunca fue cubierto en su totalidad por las aguas de tal diluvio.

Para soportar esta historia, se cuenta entre los habitantes que en tiempos muy remotos vivieron aquí  unos lugareños, Hipólito y Petrona, su esposa. Se dice que eran personas tan pobres que, para sobrevivir, Hipólito tenía que juntar en el campo hierbitas tales como traguntines, quintoniles y verdolagas o flores como el bitigú, tobalá  y coachepil para llevarlas a vender en las diferentes plazas de los pueblos cercanos a Santa Cruz.

Así transcurrían sus días, hasta que una vez, al volver de una plaza, mientras Hipólito descansaba a la orilla del camino bajo la sombra de un  árbol, pasó a su lado un personaje muy elegante, montando a caballo.
Este señor saludó amablemente a Hipólito y luego le dijo:

_ deberías invertir a lo grande,  vete a la Costa y compra pescado y frutas; contrata gente que te ayude; compra bestias de carga. Por qué te conformas con esto, haz grande el negocio.

 Ante tanta belleza, Hipólito, con cara de resignación, respondió:

_ todo eso está muy bien, pero qué dinero invierto si apenas gano para sobrevivir vendiendo hierbitas.

A lo que el catrín respondió:

_ yo te quiero ayudar, mira, toma este dinero y con eso empieza tu nuevo negocio_. Y, diciendo esto, le alargó una bolsita con unas cuantas monedas de oro.

 Hipólito tomó las monedas y no echó en saco roto los consejos de su benefactor, inmediatamente que llegó a su casa y puso al tanto a su mujer de lo ocurrido, inició las operaciones para su nuevo negocio.

Compró bestias de carga, contrató unos cuantos peones y viajó a la Costa por mercancía. Anduvo al principio de plaza en plaza, pero ya en un carromato donde cargaba la mercancía que ofrecía al precio que quería, pues era el único en la región vendiendo tales productos.

Construyó un gran caserón donde solo vivían él y su mujer y una buena cantidad de peones y sirvientas.
Lo curioso era que el hombre gastaba  y gastaba, pero el dinero nunca se agotaba. Construyo más casas que daba en renta,  contrato más gente y nuevos transportes para poder llevar su mercancía mucho más lejos  y su negocio creció y creció. 

Lo raro, decía Gelasio, uno de sus trabajadores, pieza importante también en esta historia, es que siendo tan ricos como llegaron a serlo, Hipólito y Petrona toda la vida siguieron comiendo solo sus hierbitas y permanecieron tan flacos como antes.

Así los sorprendió la muerte, primero se fue  Hipólito y poco después Petrona. Aparentemente ahí se acababa todo, pero no fue así. 

Un día que Gelasio, siendo empleado de la municipalidad, formó parte de un grupo de autoridades que fueron a la ciudad de Oaxaca para tratar ciertos asuntos importantes, al salir del palacio de gobierno se dedicó a pasear por las cercanías.

Andaba por el kiosco cuando se le aceró un empleado de una tienda que estaba  en lo que llaman El Portal de la Primavera y le dijo hiciera favor de acompañarlo, que alguien que estaba dentro de la tienda quería hablar con él.

 Se fue Gelasio, detrás del empleado, hacia el interior del local y, una vez ahí, el empleado le señaló un pasadizo.

_Sigue por ahí_ le dijo_ al final vas a encontrar a la persona que quiere hablar contigo.

Gelasio siguió el camino indicado y, cuenta el mismo Gelasio que, caminó y caminó por un túnel bajo tierra donde,  a medida que avanzaba, se encontró con varias puertas muy fuera de lo común: semejaban cabezas de animales como león, tigre y serpiente, entre otros.

Su estupefacción crecía conforme avanzaba, pero también su curiosidad y siguió caminando.  De pronto, sorpresivamente, al trasponer una más de esas puertas, dio de frente con Petrona,  muerta hacía varios años, que se encontraba hincada moliendo maíz sobre un metate, para darles de comer a los puercos su patrón, según dijo.

El horror se apoderó de Gelasio cuando vio que su antigua patrona tenía clavadas las rodillas a una barra de hierro colocada junto al metate y que sangraban continuamente.

_Nunca desees dinero fácil porque es poco el gusto comparado con una eternidad de sufrimiento_ le dijo Petrona al verlo.

Siguió Gelasio caminando y entonces encontró a Hipólito en una rara pradera que se hallaba en aquel subterráneo. Su ex patrón estaba cuidando unos chivos y, según le dijo a Gelasio, tenía que llevarlos a tomar agua al río Jordán.

Su aspecto era tan lastimoso, pero lo peor eran los huaraches de hierro que portaba, clavados a sus pies y el continuo sufrimiento que le propinaban los chivos al darle de topes a cada momento y más cuando se detuvo a platicar con Gelasio.

 Gelasio le preguntó que si era él quien lo había mandado traer, pero respondió que no, que siguiera adelante y hallaría a quien lo mandó buscar.

Finalmente llegó Gelasio a donde ya no había ninguna puerta más, sólo un amplio aposento semioscuro, y se encontró de frente con el mismo Diablo. Preguntó Gelasio cuál era la razón por la que lo había mandado traer.

_No fui yo, fue Hipólito que deseaba dejarte en su lugar_ respondió airado el Demonio.

_No veo por qué, ciertamente yo fui su trabajador pero nunca le quedé a deber ni un centavo para que quiera que yo pague por él, respondió Gelasio.

_Siendo así, no tienes nada que hacer aquí, dile a Petrona que te indique el camino de regreso, gritó el Diablo.

Pero Gelasio no es de los que se quedan con dudas y se atrevió  a preguntar en qué lugar se encontraban.

_¿No lo sabes?_ dijo con una risotada burlona el Maligno_ estamos justo en tu pueblo, en el interior del Cerro Viejo.

Gelasio, no daba crédito, pero viendo que el diablo decidía liberarlo tomó inmediatamente el camino de regreso y al salir se encontró con que sus compañeros tenían un día esperándolo, preocupados, a la puerta de aquella enigmática tienda.  Para él su viaje por el subterráneo había durado unos cuantos minutos, tal vez una hora, pero en el exterior habían transcurrido más de 24 horas.

Esta historia, además de que la cuentan muchas personas en el pueblo, yo no la pongo en duda, porque también me la contó mi padre, Amalio Padilla y a él se la contó su tía Cipriana, la mujer que lo crío. Y a ella sus padres o abuelos, asegurando todos, con mucha certeza, que  fue un hecho real.

Y algo que me hace dudar menos de su veracidad, es  lo que me contó mi amigo Tanislao, Tanis como le decíamos, cuando trabajamos juntos en Oaxaca.  Su historia tiene un punto en común con lo que acabo de contarles: El Portal de la Primavera.

Tanislao en aquel entonces, hará unos cuarenta años, era operador de un trascabo, trabajábamos en una empresa arenera. Tanis llenaba los volteos con su pala mecánica y yo, chamaco todavía, anotaba los camiones que salían y la cantidad de arena que llevaban.

Pues bien, entre un camión y otro nos daba tiempo de platicar y así,  este señor, un día me platicó que a él lo había dejado su esposa y la tristeza que esto le causó fue tan grande que busco refugio en el alcohol. Todos los días estaba borracho y un día de tantos, como a las cinco de la tarde, se encontró en El Portal de la Primavera con un gringo que lo saludó muy amable dándole las buenas tardes. Tanis, embrutecido como estaba, no perdió la compostura y también respondió el saludo y acto seguido aquel personaje le invitó unas cervezas.

Tanis no se hizo del rogar y después de unas cuantas rondas el gringo le dijo que necesitaba que le hiciera un favor.

_Quiero que me cuides este maletín por un momento, yo luego regreso_ dijo el extraño.

No era cosa del otro mundo, así que Tanis estuvo de acuerdo y se quedó ahí junto al maletín, pero pasaban y pasaban las horas y el hombre aquel no regresaba por su maletín.

No fue sino hasta las doce de la noche cuando fue apareciendo.

_ Todavía estas aquí, ya te hubieras largado_ le gritó a Tanis.

_ Pero como me voy a ir si me encargaste tu maletín_ le respondió Tanis.

_¡Qué tonto eres, mira de lo que te has perdido!_ le grito el hombre  y le muestró el contenido del maletín. Estaba repleto de dólares.

_Ni lo permita Dios que yo me quede con algo ajeno_ alcanzó a decir Tanis y en ese momento sintió como un garrotazo por la nuca y no supo más de él hasta como a las cinco de la mañana.

Lo despertó el frío y al abrir los ojos se dio cuenta que estaba sobre una tumba dentro  del  panteón General de la ciudad de Oaxaca. Yo no conozco ese panteón, pero Tanis me dijo que tiene una barda alta y la puerta está cerrada, sobre todo de noche. Por eso no se explicaba cómo, inconsciente, pudo llegar hasta ese lugar. Por eso decía que esta hazaña sólo podía ser obra del Cachudo. No lo sabe a ciencia cierta, pero eso sí, desde aquel día no volvió a tomar jamás.  

 *Pedro Padilla Luis es originario de Santa Cruz Mixtepec y radicado en Estados Unidos

2 comentarios:

  1. esta leyenda esta muy buena

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  2. Desconocía el Origen de ese Cerro siempre eh tenido la curiosidad de saberlo, gracias por el Dato.

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